lunes, 31 de agosto de 2015

Vacaciones de verano para mí.

            Imagino que esto de las vacaciones soñadas va con la edad;  a los dieciocho años te imaginas bailando como una loca en medio de la cala ibicenca donde Borja y Rodri han organizado la fiesta del verano, todo a base de alcohol (y quicos para compensar) aunque en tu visión adolescente la ingesta masiva de loquesea con coca cola no te afecte más que para resultar increíblemente bella y atractiva. Diez años después, la visión del idílico periodo estival puede continuar desarrollándose en la misma cala, incluso Borja y Rodri podrían seguir actuando de perfectos anfitriones pero tú ya no te reconoces en aquella joven e inmadura cosaca bailonga; ahora mantienes conversaciones coherentes, eres capaz de alargar el tiempo entre copa y copa, tienes algo de dinero para lucir un exclusivo y favorecedor biquini con falda boho que te hace ser la más estilosa y atractiva de la fiesta. Como digo, esto son visiones idílicas de las vacaciones idílicas que se puede imaginar una persona idílicamente, por lo tanto, es perfectamente legítimo que yo me viera mentalmente estupenda con la falda boho y el biquini favorecedor aunque en la vida real me quedara igual de bien que a Falete.
            Pero aparecen los treinta... y uno, dos, cinco, seis... las bodas, los niños... los préstamos, las hipotecas... el trabajo en casa o en la calle... la rutina... y llega un día en que sin saber cómo ni por qué, la cala ibicenca ya no te parece tan buena idea. Al fin y al cabo allí las jovencitas con medios biquinis favorecedores, sin faldas boho ni boha, ni abundan ni se las espera de ninguna manera. No, no y no. Y aquello de ir con tu bañador con refuerzo en la zona de la tripa, tus estrías y tus cosas puestas como se ha podido después de los embarazos, cargada con sombrilla, nevera, manguitos, flotadores, cubos, rastrillos, moldes de ositos, zapatos, flanes y todo lo que se le ha ido ocurriendo a Imaginarium fabricar este verano, quieras que no, te coloca en cierta desventaja con la rubia del tanga, monitora de zumba y yoga, que saluda al sol cuando llega a la playa dándole el culo a tu marido, al que adivinas con los ojos como Marujita Díaz detrás de los cristales polarizados. 
            El caso es que Ibiza, de momento, ha dejado de ser mi destino soñado.
  Cari, no hay mejor madre ni esposa en el mundo que tú y por eso nos vamos a ir las niñas y yo a buscar las vacaciones perfectas para ti. Tú siéntate y relájate que nosotros nos encargamos — me dijo Querido mientras bailábamos al son de alguna música que escuchaba él pero yo no.
            Le miré extrañada, confusa, intentando zafarme de él como podía porque tenía la plancha puesta y las herederas estaban jugando a la selva tropical, imaginando que el cable que colgaba de la tabla era una pitón que quería comer guacamol, que es como llaman cariñosamente al guacamole mis niñas. He de decir que una vez hube puesto fuera de peligro mortal a mis pequeñas Livingstone y Stanley, me invadió un temor que en absoluto era desconocido para mí: ellos iban a elegir ¡sin mí! Reconozco que delego mal, muy mal, pésimamente mal. Directamente diría que no delego pero tengo una razón de peso y muy importante: yo nunca me equivoco. Por algún capricho de los hados, la Naturaleza me ha dotado de una capacidad única y perfecta para decidir y ejecutar a la perfección todo aquello que decido y ejecuto a la perfección. Esto no significa más que, si nos tocaran diez mil euros en algún rasca y gana o nos decidiéramos a vender todo lo que tenemos en casa de las Frousen, no dudaría en decirle a Querido:
— Cari, mueve los dividendos adecuadamente y con astucia felina y hazte con un buen puñado de millones de dólares, baby.
            Y lo dejaría con sus gafas frente al New York Times, los índices bursátiles y sus manuales de inversiones para dummies y yo me retiraría a mi sillón reclinable a ver el cápitulo de Sexo en Nueva York en el que Carrie toca la campanilla en la bolsa neoyorquina  y punto. ¿Por qué? Muy sencillo: yo no tengo ni la más mínima idea de bolsa. Así que como no domino, no actúo. Peeeero, si estamos hablando de la ropa que necesitan las niñas para la vuelta al cole, de cómo se hace una lubina a la sal o si este mueble va mejor aquí que allí, no admito más actuaciones que la mía. ¿Por qué? Muy sencillo: es la mejor. 
            Pero no me dieron más opciones: decidirían ellos. Tragué saliva y continué con mi plancha (actividad en la que no tendría problema en delegar ya que admito la absoluta falta de profesionalidad y motivación con que me enfrento a esta tarea doméstica).
            Finalmente, después de dos tediosas horas quitando arrugas de las infinitas camisas de mi (en ese momento no tan querido) Querido, llegaron los tres a casa, adornados con inmensas sonrisas y chispitas en los ojos. La primogénita portaba en sus manitas el sobre con el veredicto y la pequeña un panfleto gigante con una Elsa también gigante que me teletransportó, en medio segundo, a un coqueto hotelito parisino, con sus cortinas de fino encaje tras las que ver cada noche la Torre Eiffel, con nuestra copita de vino y nuestro trozo de queso gruyere, charlando bajito mientras las pequeñas dormían; o  a un café a orillas del Sena, o a un día (y no más) en EuroDisney... Volví inmediatamente teletransportada ante la insistencia de Querido para que abriera el sobre cuanto antes. Sabe que mi cabeza fabrica imágenes idílicas con mucha facilidad y sabe también que es importante atajarlas de inmediato. Así soy yo: una idealista inconformista de la vida.
            Cogí el sobre y lo abrí. Destino: a siete horas en coche. Régimen: a la mierda porque era un todo incluido. Fecha de salida de casa: en tres días. Bieeeeeeeeeeeeen. Ya lo tenía todo planchado, tan solo era cuestión de que aguantaran tres días con las misma ropa porque no pensaba volver a enchufar la maldita pitón que quería comer guacamol. Tres días y una semana sin planchar. Habían acertado: eran mis vacaciones soñadas.
            Y llegó el día:
            Salimos de casa tan solo tres horas después de la estimada con lo que, cuando quisimos parar a desayunar, nos ofrecieron muy amablemente un chatito de vino y un pincho de tortilla porque a esas horas las máquinas de cafés dejan de funcionar aquí y en Pekín.
            Siete horas después escuchamos las esperadas palabras: "Destino. En. Un. Kilómetros. A. Su. Derecha." Las niñas han bajado del coche lobotomizadas perdidas con la sesión triple de Campanilla y el tesoro; y los piratas; y el secreto de las hadas; y un Cantajuegos completo que yo por fin había logrado borrar de mi memoria hasta ese momento. 
            Bajamos del coche los cinco y todas las maletas y derechitos nos dirigimos hacia la recepción del hotel, mirando hacia arriba y hacia abajo, admirando cada detalle que es lo que se suele hacer en estos casos cuando eres turista. Después de veinte minutos de cola, intentado hacer un tetris con las maletas y sujetando a las niñas por las camisetas, nos tocó el turno.
—Hola buenas tardes. 
—Hola buenas tardes ¿me permite la documentación?
—Por supuesto. Venimos en régimen de todo incluido, como verá en ella.
—Estupendo señora. Pero este no es su hotel. El suyo es el que está justo delante, a cinco minutos andando.
—Ah, muy bien. Je je. Je. Je.
— Je je je.
— Je je.
—No es la primera vez que pasa. Los hoteles se llaman prácticamente igual. Je je.
—Je je. Y si no es la primera vez que pasa  ¿¿¿¿¿¿¿a nadie se le ha ocurrido cambiarle el maldito puto nombre al jodido hotel de las narices??????? ¿¿¿¿je????
            Y así comenzaron nuestras vacaciones. Vuelta al coche los cinco y las maletas, vuelta a montar en el coche las maletas y a nosotros mismos, arrancar el coche, andar medio kilómetro, aparcar el coche, sacar las maletas, sacar niñas, nosotros primero... y de nuevo cola en recepción. Pero esta vez sí, era nuestro hotel. Un hotel inmenso, en primera línea de playa, con tres piscinas y una camarera de pisos para mí solita. El paraíso.
            Nos entregaron nuestra llave, bienvenidos y buena estancia, bla bla, me permite su brazo señora, yo que lo alargo pensando en que un buen apretón de manos nunca viene mal, la recepcionista que me hace la cobra con su mano y que, sin previo aviso, chas, me engalana la muñeca con una pulserita de plástico azul, sonríe aguantando una carcajada, se da media vuelta y me deja ahí, con el plástico que me identificaba desde ese momento, como clienta de raza superior. Desde aquel instante el mundo se dividió en dos: los que teníamos pulserita y los que no. Y esa mano, la que portaba orgullosa la marca real, era mirada y admirada por todos antes de servirte un vaso de agua. A partir de entonces, esa y solo esa, sería la mano utilizada para colocarte el flequillo, para llamar al camarero a tu mesa, para saludar por el pasillo a todo ser viviente con el que te cruzaras. El poder estaba en mi mano. 
            Así sí, sin cocinar, ni lavar, ni planchar. Tenía que reconocerlo: habían acertado de lleno por una vez como siempre. De modo que me relajé y dispuse mi mente para disfrutar de estas merecidas vacaciones.
            Una vez deshechas las maletas, nos animamos a recorrer el hotel, mirando hacia arriba y hacia abajo como ya he dicho que se hace en estos casos. Las niñas salieron corriendo en cuando atisbaron la piscina y yo respiré aliviada al ver que volvían a la vida activa. Y corriendo detrás de ellas, nos dimos de bruces con lo que es en realidad un hotel de vacaciones familiares: niños, niños y más niños. Tres piscinas infestadas de niños. Más grandes, más pequeños, con manguitos tamaño normal o extra protección con doble cámara y espacio para albergar una canoa en cada manguito; niños tirándose en bomba, de barriga, de tropezón en el bordillo; niños hiperprotegidos por sus dos padres y los cuatro abuelos y niños desprovistos totalmente de la vigilancia de algún familiar cercano. 
            Propuse ir a la piscinita de chapoteo porque, a priori, me pareció la menos poblada pero a medida que me fui acercando, comprendí que aquello era un auténtico cocedero de pipís de bebés mezclados con efluvios de padres que deciden meterse en la minúscula piscina, estirados todo lo que pueden, para estar a gusto en remojo mientras su bebé chapotea y orina a su antojo. De modo que cambié de opinión (cosa que no me gusta nada hacer) y propuse la piscina mediana, ya que a pesar de ser grande, no cubría  a las herederas más arriba de la cintura. Entramos de puntillas prácticamente y nos quedamos quietos en el primer hueco que vimos. Después de tres minutos en la misma posición porque era imposible cambiarla, las niñas empezaron a aburrirse y quisieron ir a las tumbonas. Dimos gracias al cielo, salimos del charco y nos tumbamos los cuatro a tomar el sol en familia, que es algo que no habíamos hecho nunca y que une mucho, cuando de repente caímos en la cuenta: ¡teníamos pulsera!
—Cari, vete al chiringuito y tráete cuatro de lo que sea. Y para vosotros lo que queráis, que yo invito— me dijo Querido con su fino humor inglés.
            Me puse nerviosa al llegar a la barra ¡había tanto sobre lo que decidir! ¿Querría cervecita o vino? ¿Helado o granizado? ¿Refresco o me daba directamente al gintónic? ¿Patatas Lais o Doritos? 
—Me pone cuatro helados de chocolate, cinco cervezas, dos vinos blancos, una coca cola zero, un ron con limón, un gintónic con cardamomos y otro con moras silvestres.
            Y la magia se hizo. Todo lo que había pedido tomó forma delante de mí (menos los cardamomos y las moras silvestres, menos mal que siempre tengo en el bolso). Poco a poco, conseguí transportarlo todo a las tumbonas, a donde llegaba como una heroína local, toda henchida por el triunfo obtenido, feliz por el reino conquistado y medio borracha ya por las cuatro cervezas que me bebí en la barra para no tener que cargar con ellas.
            Querido estaba feliz, las herederas estaban felices, yo estaba feliz (y borracha); los cuatro relajados dejándonos acariciar por los últimos rayos de sol del día. No había prisa, ni relojes, ni tenía que pensar en qué hacer de cena esa noche. Cerré los ojos intentando ignorar las voces, gritos y llantos de los setecientos niños que pululaban a mi alrededor, intentando pensar en Audrey Hepburn y su “Moon river, wider than a mile I'm crossin' you in style some day” pero cuanto más me concentraba en ella, con más fuerza aparecía en mi mente algo así como “Yo la conocí en un taxi, de camino al uuuuuuu”. ¿Pero qué era aquello? ¿Reaguetón? ¿En mi cabeza? ¿Pero cómo? ¡si no salgo de marcha desde que Franco era corneta! Y otra vez “Yo la conocí en un taxi, de camino al uuuuuuuuuu”. Asustada abrí los ojos con la intención de preguntarle a querido si sabía por casualidad si yo había vuelto a ser sonámbula y me escapaba de noche a bailar reaguetón sin tener conciencia de ello como buena sonámbula que era pero, antes de que pudiera siquiera mirarlo, me encontré de frente con dos bafles gigantes, la piscina hasta arriba de señoras de mi edad, década arriba, década abajo y una monitora con un minitop y unos minishorts haciendo movimientos rítmicos según marcaba el del “taxi, de camino al uuuuuuuuuuu”. Al momento tenía a otros dos animadores dándome golpecitos en el hombro diciéndome “señora, señora ¿no se anima? ¡Sesión de acuagym!” ¿Señoooooooora? ¿Señooooora yo? ¡Ahora verás, niñato! Y a la piscina que me tiré. A codazo limpio logré hacerme un hueco en la primera fila para no perderme ni un paso y, como si me hubiera poseído una versión de mí veinte años más joven, comencé a moverme como pez en agua. Brazo arriba, brazo abajo, culo para fuera, movimiento pélvico indecoroso, un, dos, tres, yo la conocí en un taxi, de camino al uuuuuuuuuuuuuuuuuuu, vamos, señoras, pecho fuera, un, dos, tres, en un taxi ¡vamos, vamos, vamos! ¡Chúpate esa, niñato! Las niñas quisieron entrar a bailar con mamá pero se lo impedí con mi clásica mirada agresiva de impedir cosas. Los tres se sentaron en el bordillo a esperar que mamá desfogara. Un, dos, tres, en un taxi, cadera aquí, cadera allí, palmada, rodilla al cielo, de camino al uuuuuuuu, bañador al ombligo por no ponerme los tirantes, a la mierda, estoy en Ibiza, tengo dieciocho años otra vez, vamoooooooooos! Pero entonces fue Querido el que se hizo con la primera fila a base de codazos, me cogió por donde pudo y me subió de un tirón el bañador. A mí me dio un ataque de risa, a las niñas otro y él simplemente, ni sonrió.
—Estás mayor— le dije en el ascensor camino de la habitación.
            Me tumbé en la cama y me quedé dormida cinco minutos o treinta. Cuando abrí el ojo, niñas y marido estaban duchados y arreglados para ir a cenar.
—Mamá, luego hay ¡un espestáculo!— me chilló la heredera pequeña al oído.
— ¿Luego? ¿Pero cuánto va a durar el día de hoy?— dije con mi voz de resaca de cuatro cervezas.
— Vístete, entera, y te esperamos en el restaurante, que luego se llena— me dijo Querido con su fina ironía inglesa.
            Obedecí, me duché y arreglé en un periquete, me puse los tacones y en quince minutos o cuarenta estaba en la mesa, sentadita y esperando al camarero.
— Es buffet, querida. Tienes que levantarte y servirte lo que quieras— me dijo Querido ilustrándome como siempre.
— ¿Levantarme? ¿Con los tacones? ¿A coger platos con comida? ¿Con los tacones?— dije yo mirándome mis preciosas sandalias nuevas de quince centímetros de tacón (¿Quién es la señora ahora, eh, niñato?)
            Me levanté a por un tomate con sal que era lo que tenía más cerca y me volví a sentar antes de que ocurriera alguna desgracia. Querido tenía tres platos llenos de prácticamente todos los alimentos de la pirámide alimenticia y las niñas se embadurnaban felices los vestidos nuevos con espaguetis. Me comí mi tomate, me bebí dos botellas de agua por la resaca de las cervezas y esperé pacientemente a que mi querida familia dejara de engullir como si no hubiera un mañana. Al fin terminaron y pudimos acercarnos a ver ¡el espestáculo!
            Encontramos sitio de casualidad gracias a mis rayos de visión nocturna y allí que nos sentamos a tomarnos una copita Querido y yo. Las niñas se sentaban, junto al resto de los niños, justo delante del escenario, así que los mayores podíamos imaginar que teníamos una cita romántica y a la vez, sentirnos buenos padres por no haber dejado a nuestros hijos con una canguro desconocida.
            Lo malo de todo aquello es que el espectáculo consistía en música muy alta y unas coreografías que no podías dejar de mirar. No les cambié el sitio a las niñas por el canto de un duro. ¡Qué barbaridad! ¡Qué ritmo! ¡Qué bailes! No digo más que la primera en terminar de cenar todos los días era yo para ir corriendo a coger el mejor sitio para ver el espectáculo. Eso sí, con zapatito plano. Hora y media de bailes y cantes pegadizos, una locura. Pero no acababa ahí; una vez terminado el espectáculo, los niños venían a por los papás y todos juntos bailábamos éxitos de siempre como “El pollito pío”, “Paquito el chocolatero” o “Pican pican los mosquitos”. Bueno, un no parar. Y después de eso, esta vez sí, a la cama a dormir. Zzzzzzzzzzz.
            Pero aunque resulte difícil de creer por el estrés del primer día, una vez cogimos el truco a los horarios y a las zonas más tranquilas,  nuestras vacaciones transcurrieron entre ratos en la piscina, alguna excursión a la playa, platos y platos de comida en el buffet, coger sitio para el espectáculo, ver felices a las herederas, estar relajados los dos… descansar, al fin y al cabo. No utilicé ni fregué ni una sartén, ni planché un vestido, ni hice una cama. Me dediqué a lo que de verdad importa y que importará siempre: mi familia.
            Así que, si me preguntas ahora mismo por mis vacaciones soñadas, te diré, sin temor a equivocarme que… “yo la conocí en un taxi, de camino al cluuuub”.

Feliz vuelta a la rutina.